Vienna. Parte 9.

Coda.
Desde el quinto piso de un appart Hotel de Mar del Plata veo el mar. El día está soleado, fresco, sopla un poco el viento, y por encima del edificio que tengo enfrente asoma amarilla y roja una la letra hache de Havanna, que es como confirmar sin derecho a réplica que ya no estoy allí sino acá.

Internamente vuelvo a establecer conexiones, sueño y pienso mucho en los días que pasaron. En circunstancias de final, uno entiende que los viajes son como la vida, que se terminan, y se me ocurre que con éste pasará como sucede hasta con los amores más agarrados: poco a poco me iré desprendiendo de Viena. Todavía tengo encima a los edificios imperiales, los puentes románticos y el Danubio adentro. Todavía me cae la nieve del último día, la que nos mojó cuando con Thomas fuimos a desayunar antes de mi partida. Por una confusión logística no pude despedirme como hubiera querido de alguna gente y las últimas horas fueron como apresurar un trago que uno sabe que igualmente será breve. Por suerte tuve tiempo suficiente para estar ahí, con Thomas, que me ayudó con la valija, y yo a su lado como un equeco abrigado y pequeño, cargada de cosas, los dos cruzando el canal del Danubio, sintiendo el fresco blanco de la nieve y comentando sobre los cuatro meses siguientes, en los que ése será el color unívoco de la ciudad. Hablábamos de esto en el camino, y la conversación nos llevó al bar. Me alegró mucho su proposición matinal: habíamos conversado unas pocas veces, él me había dejado su credencial para que visitase gratis los museos que se me ocurrieran, y eso había sido todo entre nosotros. Un desayuno juntos estaría muy bien para cerrar. Ordenó un "continental" y yo un capuchino solo, estaba llena de cosas, no me entraba ni una más. Luego de eso, cinco minutos hasta la parada del ómnibus, poner las valijas abajo, despedirme de Thomas con un beso, subir, pagar el boleto al aeropuerto, arranca el motor y chau.

Miré a través de la ventana mientras el ruido del ómnibus se diluía en el sonido y la música de dieciséis días amontonados en mi cuerpo. Estaba feliz.
Final.
Desde el balcón veo el mar y las olas me traen y se llevan consigo los restos del viaje que todavía conservo, como jugando con un tiempo que ya fue, y otro que va a pasar.
Ahora sólo resta dejar paso y lugar a la memoria, registrar cómo guarda en su sitio cada cosa.
Ahora se impone un poco de silencio para digerir a las sirenas, a los demonios, a los guardas centinelas que cuidan semidormidos todo lo que suponen que nos pasa. Ahora sí, llegó el final. Desde el quinto piso se oyen los murmullos de una nueva fiesta que comienza. Espero que, donde sea que se esté, en algún lugar y momento, siempre haya una fiesta esperando ser vivida; y aprovecho este instante de sinceridad y gozo no frecuente para desear que cada uno siempre tenga una vieja fiesta por terminar, y una nueva por comenzar.
Con mucho amor,
Verushka

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