Vienna. Parte 8.

El crítico sueco.


Ayer compartí un momento con un crítico sueco que actúa como jurado. El crítico sueco. Él mismo se había presentado hacía un día en una cena en Café Pruckel, Hello, I don´t know if we´ve been introduced, my name is y me extendió la mano, me dio un apretón serio, formal, de esos con los que uno estira la espalda para dar la mano, pura compostura y acento. Alto, rubio, anteojos, muy cultivado, ilustrado hasta las sandalias, el crítico sueco no dejaba manzana sin canasta. Sabía de todo, conocía de cine, de comidas y vegetales. Viajó por todos lados. Paris, Londes, Estocolmo, Praga, Estambul. Nos contó -éramos varios- el origen de la palabra es-tam-bul, donde-están-los turcos, y todavía no entiende cómo es que tienen lugar en Turquía ciertas medidas de política económica aplicadas a su geografía portuaria. Cuando está en París, al crítico sueco le molesta que los franceses solamente le hablen en su idioma, porque, bueno, tiene que adaptarse. De todas maneras no dejó de deslizar dos o tres palabras en lengua franca, y es evidente que su pronunciación se compara sólo con grandes tomos de Franceses Iluminados. Les pregunta a los galos "êtes vous monoglot?", creo yo, inventando una palabra. Si alguno de nosotros se lo hubiera pedido, gustoso habría aceptado comentarnos cuáles son las ventajas y desventajas de cada uno de los aeropuertos de éste, el planeta Tierra; deducimos entre todos que a los de Marte todavía no ha llegado.


Sentado en un sillón individual, tenía a su alrededor una corte circundante, y en realidad no sé cómo se armó aquel círculo, porque aunque no se nos escuchara, había una complicidad en secreto silencio, con total acuerdo, en la que el crítico sueco era, desde cualquier costado, absolutamente insoportable y cien por ciento chalado. No sé por qué en un momento todos pasamos a formar parte de su área magnética, pero es evidente que el tipo tiene fuerza centrípeta y sabe cómo ponerla en marcha. Mientras hablaba, yo me concentré en sus anteojos. Eran de un metal dorado, como ese de las biromes caras, finas, pero tenía una pata un poco torcida, y me preocupé por el asunto. Quería comentarle, preguntarle también su opinión sobre eso, que se explaye sobre el problema de las biromes, sus debilidades y torceduras en las patas, pero no encontré un sólo hueco de silencio permeable a cualquier comentario que no fuera de la lista del orden del día que él mismo imponía. Dado el contexto, nos habló también de cine, nos contó cómo había destruido una película que no sabe siquiera por qué fue filmada, y que curiosamente, con lo polémicas que siempre resultaban sus notas, en la página web del diario esta vez su artículo no había provocado tantos comentarios de lectores; por el contrario, apenas un colega suyo del trabajo colgó una crítica, el mismo día con la misma cantidad de estrellas, el pueblo sueco instantáneamente ya estaba on line opinando. Esto era algo que si bien no le molestaba, le había llamado un poco la atención. Se preguntó si al pueblo sueco le estaría pasando algo.

Con sutileza, cada cual fue desapareciendo con alguna excusa. Uno a uno nos fuimos yendo de la órbita de sus elementos satelitales. Yo fui una de las últimas, me quedé ahí naturalmente por trabajo. Lo poco que hablé con él, traté de colocar un ligero acento inglés, mínimamente afectado. Cuando lo hice me miró entrecerrando los ojos, como intentado descubrir con sonrisa de hombre viajado mi origen indescifrable. Por supuesto no me dediqué a facilitarle el trabajo. Encima por estas tierras de caballos blancos y masas finas, tengo una cara de latina que me caigo. Le respondí con una sonrisa de doble dulzura, dupliqué la apuesta. No tengo a Estambul ni al Esperanto en mis espaldas, pero en mi vida hice varios cursos de teatro. Le mantuve la incógnita ofreciéndole un té, un café, lo que quisiera, porque en un rato el lounge del hotel estaría cerrando. Ya no quedaban ni los restos de las personas que habían estado en la sala. El crítico sueco y yo, nadie más, solos en el establo. Me di media vuelta y me acerqué al bar para servirle una taza. Al hacerlo contoneé un poco las caderas, sólo para hacerme la cocorita delante de semejante eminencia, para que cuando me preguntara de dónde era, o qué hacía esta noche, o si estaba casada, yo pudiera mirarlo y contestarle con tono castaño suave y boca morena que soy del sur de un país que está muy lejos, que lo que hago esta noche no me interesa contárselo pero que sí, que tengo planes, y que además estoy casada, soy la mujer de un almacenero de barrio, una bestia traspirada y musculosa que ni siquiera terminó la primaria, pero que no sabe usted lo contenta que me tiene cuando me agarra con su cuchillo en punta y me escribe en trazo grueso que llegó la hora de irnos a la cama, ¿sabe?, porque de ahí de donde yo vengo lo que corre por adentro no es sangre, señor crítico sueco, lo que corre es directamente fuego, estamos hechos de volcán, de lava, de hecho le confieso que mientras le hablo y le digo y le cuento y lo vuelvo loco contándole de mis cosas, en este momento yo misma me estoy quemando...

La pava eléctrica estaba tan caliente, que cuando eché el agua en la taza salpicó y se me quemó un poco la mano. No fue grave, creo que ni se dio cuenta, el crítico sueco. Me di vuelta y lo vi al tipo ahí, seguía hablando con las sillas vacías que tenía en frente. Me acerqué, le extendí la taza, sin mirarme me dio gracias en alguno de sus idiomas, y siguió hablando. Vi que no era necesaria presencia alguna para que siguiera desarrollando. Salí de la habitación con la última excusa y desde el pasillo, cuando me iba, aún se oía al crítico sueco sentado en su sillón murmurando. La noche se fue comiendo a la ciudad, le fue apagando las luces una a una, y sólo quedó encendido en Viena el recuerdo de día de ayer en las almohadas y el crítico sueco monologando. En un rato tengo que ir a la oficina. Tengo miedo de encontrarlo todavía parloteando, solo, o con la gente del Roomservice, pasándole la aspiradora en la camisa o en la cabeza, y él como si nada; o bien el agarrando el tubo del aparato como una estrella de rock and roll trasnochada, y que usándolo de micrófono grite y despotrique con violencia rockanrollera sobre ciclos de filmes rusos de la década del treinta, que destrozando todo siga ahí, dándole y dándole. Todo puede caber en el mundo pequeño e ilustrado del crítico sueco, sólo hay que tener a la altura necesaria para poder alcanzarlo. Yo mientras tanto desde abajo me sigo preguntando si existirá mi carnicero, aunque todavía no lo conozca el crítico sueco ya me hizo extrañarlo.


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Hasta aquí entonces, fin del baile. En dos días parto vía Madrid a Buenos Aires, donde sólo picaré por un momento, y luego al trabajo en Mar del Plata. Allí será otro el cantar, más lleno de cornalitos y lobos marinos, pero ya no de bitácoras. Quiero decirles a todos y a cada uno de los que me leyeron en mis alegrías y lamentos, que si los incluí en esta lista es porque en algún momento, por el motivo que sea, se me han cruzado en este viaje. Todavía me quedan dos días de Viena, pero lo que ya no me quedan son palabras. Las fui dejando una a una en los relatos, como si el contar lo que sucede hubiera sido una boya en este de viaje, una referencia que no está en el barco pero orienta, una especie de cable a tierra o conexión externa con la que -como el crítico sueco- me mantuve en mi monólogo dialogando.

Les mando un cariño enorme a todos, y será hasta otro momento.


Desde Viena todavía, un beso grande,


Verushka

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