Vienna. Parte 3.

Leopoldo.
Un cuadrado de cemento moderno e inmenso en medio de construcciones clásicas que hoy son museos y más museos. Cinco pisos de un gusto exquisito llenos de expresionismo, simbolismo y cualquier imaginerío que huela a oscuro y fantástico. Había allí una maraña angustiosa en medio de todos colores posibles para una época. Pinceladas, retazos, bocetos y cuadros terminados. Los muchachos de antes tampoco la pasaban bien, aunque nos quejemos que seguro éstos sean los tiempos más difíciles que le haya tocado vivir a la humanidad. Pero no. Ellos también sufrían demasiado. Además, Egon Schiele murió a los veintiocho años. Hay una foto tomada dos días antes de su muerte, ya en cama, con una expresión entre triste y tranquila, pero no tan grave como si supiera que la muerte lo estaba buscando. La foto está llena de una melancolía que tiñe todo al ver sus cuadros. Murió de un virus llamado Influenza; el asunto no dejó de ser expresionista e impresionarme. Todo pasaba entremedio de murmullos extranjeros, muchas familias de ojos claros, varias amigas de sesenta que se reunieron a ver qué hay en la nueva exposición en el Leopold, algún viejito vienés cargando hojas en blanco para copiarse frente a frente con los clásicos, y una pareja de rusos que se ve que no tuvieron con quién dejar al niño, quién entre tanta cosa oscura y mala se mandó a los gritos pelados, cortándole los cables a más de un local, hecho más bien improbable, pero posible, como lo hizo durante la tarde de ayer el rusito, que por un rato nos tuvo a todos de esclavos. Con dos horas y media, tres, en esos museos alcanza. No es que no haya más. Siempre hay más pintores y artistas que nacieron antes. Cuando se está ahí en la visita, lo bueno es encontrar la medida. Ahí adentro el cuerpo es como un vaso al que se le empieza a echar agua, de la buena, muy buena, que si se pasa en un momento comienza a rebalsar, satura, no tiene más capacidad de absorción ni de asombro y cualquier información se le cae por los costados. Ése es el momento en que uno tiene que decidir tomar el ascensor, bajar o subir del nivel hasta el que se haya llegado, y salir elegante por la puerta principal con la panza bien llena, si se supo aprovecharlo.

Chinchulandia.
Así fue. Iba a tomarme el metro, pero tenía un tiempo muerto y seguí caminando, que para eso está Viena. Confieso que caminar una ciudad me resulta más emocionante que caminar un museo. Ahí el fondo del vaso se ensancha, se agranda. Hay más capacidad para todo. Ahí está la vida, late la ciudad, en las calles, en las avenidas, en los cruces peatonales, en las sendas de las bicicletas, en los puestos de tabaco, en los chinos con sus restaurantes.
Entré al chino primero porque era barato, y además porque los expresionistas me habían dejado muerta de hambre. En su puerta, una pizarrita con menúes a buen precio, dentro de lo atractivo que puede resultar para un argentino un precio en euros, que es algo así como estar en una fiesta y que te guste la menos fea, aunque relativamente hablando siga siendo posible bailar con ella, con lo cual siga siendo barato. Si era al mediodía además te beneficiabas en algo. Como estaba escrito en un germánico mandarín e impuro, nunca entendí de qué se trataba ese algo. Me senté en una mesa al lado de la ventana y traté de preguntarle a la moza china, en mi alemán, en qué consistían los platos. En Argentina cuando voy a un chino también pido a los chinos que me expliquen de qué se tratan sus platos. Fue una de las pocas veces en Viena en que no se me entendía ni nos comprendimos en nada. En frente tenía a dos españoles que miraban hacia mi mesa; por sus miradas entiendo que se estarían preguntando –por ejemplo- si yo en este momento ando de solterías, pude deducir que fieles a su estilo me verían bien maja. Decidí hacer caso omiso de su posible ayuda y hacerme la de habla inglesa -lengua que la china no dominaba- pese a que en mi cara me parece que está inscripto el mapa de Corrientes y Callao; pedirles ayuda a ellos a la hora de elegir el menú me iba a costar seguro algunas cuotas de amarga simpatía y luego recurrir a un terminator a lo caracortada. Resolví pedir por foto, señalando lo menos caro. Arroz con pollo. Al final me sentí como en el chino de Corrientes y Callao.

Final a todo caballo.
Suena el despertador, tengo que ir dejándolos. Me voy al departamento de prensa. Luego de la cena y fiesta de ayer, la inauguración oficial de la Viennale, en ese palacio vienés extraordinario que es la Rathaus, hoy despierto temprano para ir al Hilton a ayudar en la oficina mientras en un cine se hace la conferencia de prensa de no se qué película originaria de alguna parte rara de este mundo, que al final en cualquier parte termina siendo raro. La descripción de la noche de ayer es larga y la dejo para otro momento, si es que llega. Sólo digo ahora que se trata de un palacio extraordinario. He viajado mucho, conocí Versalles y edificios de Parlamentos griegos e ingleses, pero nunca vi algo semejante. Viena, Viena, Viena, en su estado de mayor pureza. Sólo faltaba que la comida la sirvieran hombres disfrazados de aristócratas con sombreros rojos subidos a caballos blancos. Sube la temperatura, pues, sigue la conga de los caballos.
Bis bald!
Verushka
pd, desde todos los rincones del mundo he recibido respuestas, en este caso se trata de todos rincones ubicados dentro del área de Capital Federal, lo cual no es más que un detalle. No he respondido individualmente ya que de veras no tengo espacio ni tiempo para eso. En cuanto pueda le mando a cada uno su bitácora, con detalles más escabrosos, oscuros e ilegales, que al final son los que piden... picarones mis amigos, las muchachas y los muchachos de Buenos Aires. Tschüss!

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