Vienna. Parte 1.

Acá Viena.

Es como una casa de muñecas. Es Europa, indefectiblemente, con sus construcciones, sus calles irregulares marcando la existencia de una Edad Media que América nunca tuvo, su gente más alta y más silenciosa. Son increíblemente poco ruidosos los vieneses. En su tono, en sus diálogos, en su alemán de un acento dulcísimo, precioso, musical. Vengo de una reunión de trabajo y escuchaba sin entender nada, salvo una melodía preciosa, completamente legible. Sus autos no hacen ruido, sus subtes son casi de juguete y sus tranvías, de hecho de juguete. Ésta es, claro, mi primera impresión, almibarada, todavía llena de sorpresas en una parte, aunque en otra ya no tanto: hay algo en lo que Europa siempre se parece a sí misma, y ahí ya estuve, del mismo modo que estoy acá ahora.

La llegada.

El viaje fue extraordinariamente largo, la ida a Europa saliendo de mañana de Buenos Aires es un verdadero calvario, y las chicas de Iberia te lo recuerdan con cada bandeja que te tiran por la cabeza. Esto dista de ser algo metafórico. La aerolínea tiene unas azafatas a su medida, de un carácter tan ibérico como el jamón crudo. Pobres, son ellas las que tienen que poner la cara cuando a la hora de la cena te sirven una bolsita de 75 gramos de cacahuates madrileños y un vasito de agua (no quedaba más jugo), y vos suponés que se trata de un aperitivo pre-cena. ¿Dónde quedó el glamour de viajar en avión, ése que me imaginaba de chica, y que de hecho llegué a vibrar un poco? Esto se parecía a un avión que se parecía a un 60, algo gallegón y por el aire, pero Monsa posta. Adelante, en la trompa, debía colgar un cartelito que en vez de "Tigre/Constitución" rezara "Ezeiza/Barajas"... menos mal que era el directo, sin paradas en el Atlántico. Habiendo dormido sólo tres horas en total, después de un almuerzo que a propósito enjuagué con el tinto tapa a rosca que sirven en los aviones, llegué a destino luego de 19 horas de flote y esperas. La valija estaba increíblemente pesada: como venía a trabajar, no me olvidé ni de la última camisita para estar elegante, adecuada, a la altura del glamour vienés que imagino desde chica... "Desde chica", esa chica no sabía lo que imaginaba. Literalmente, me falta altura; espero que por lo menos espiritual y laboralmente no me falte tanto... Me acordé de mí misma y de mis antepasados a la hora de cargar la maleta hasta el CAT, un subte casi transparente, inodoro e incoloro que te acerca del aeropuerto al centro de la ciudad. Yo debía hacer una llamada para avisar que había llegado ok, pero los teléfonos europeos se empecinan en comer euros sin dejar hablar (política económica anticrisis/sistema de ahorro en base a aportes latinoamericanos-), y ahí debo decir que hay algo que no entiendo, ni querré entender jamás. Nunca lloré por cada euro perdido, pero como sea, no me pude comunicar. Así que me mandé directo al bar donde se suponía me esperaba Hans, con quién había un plan B en caso que no haya podido llamarlo. Y ahí estaba.

El bar.

Entrar a Cafe Prückel fue como entrar a la milonga en Buenos Aires hace un par de años. Parecía un antro culturoso, todos estaban hablando y fumando. Para mi enorme sorpresa, los vieneses en los bares y lugares cerrados fuman sin el menor complejo. Con tanta prohibición mundial dando vueltas (que hasta llegó a la Argentina con un imprevisible éxito como resultado) entrar en cualquier restaurante o bar de Viena y sentir el olor a tabaco tiene casi un dejo de cultura underground, como si se negasen a acatar alguna regla, en una actitud más bien non-sancta, a contramano, impura. La sensación tuvo algo de destiempo, y entonces no me molestó el humo. Lo mío todavía es pura llegada, sigo contenta se ve, que si esto pasa en Buenos Aires, qué milonga ni que ocho cuartos, apaguen el pucho que si no llamamos al dueño y se acaban la joda y el baile.

Más Viena.

Sin descansar, fuimos a conocer más Viena, que San Esteban, que el románico y el gótico, que las callecitas medievales, y también que el Festival, que está presente en toda la ciudad. No paré ni paramos hasta bien entrada la tarde, en la que caí en cama por 16 horas, y luego, ayer, que caminé todo el día y conocí algo del equipo. Ya voy saliendo de la parte turista y entrando en el modo trabajo, que se acerca apresurado. Apenas llegue el primer invitado, y también asistiendo por aquí y por allá, me encontraré formando parte de la Viennale, en un equipo de lujo y ante el cual hoy fui presentada, en un alemán todavía bastante inaccesible para mí, pero del que entendí algo así como "Vera ... praktikum", así que debo haber sido introducida como tal.

Quién sabe tenga tiempo aún de ir a ver algún museo. Me encantaría visitar a Klimt, a Schiele, a Munch, a los expresionistas que todavía respiran en el Museo Leopold, y que hoy martes, frente a la su mismísima puerta, encontré cerrado. "Dienstag gescholossen".

Va este mail como parte de un relato que quién sabe si podré continuar. Ojalá, pues me gusta escribirlo y escribirles, tenía ganas de compartir algo de todo esto con aquellos que me escucharon tener la idea, o me alentaron y permitieron, o me soportaron en la espera, o algunos otros con quienes, sencillamente, me dan ganas de compartir esto de haber llegado hasta acá.

Les mando beso enorme, und bis Bald!
Verushka

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