Vienna. Parte 5.

Anteayer. El asesinato.
Tuve que llevar a un grupo de extranjeros al Kunsthistorischesmuseum, el Museo Histórico de Arte de Viena. Una visita guiada particular para la gente del festival, a la que al final fuimos sólo cuatro, dos norteamericanos, una norteamericana, y yo. Ay, la norteamericana... no me adentraré en detalles, prefiero que tan temprano no me cunda de nuevo el pánico. El Museo es una estructura edilicia impresionante, construida en el Siglo XIX al estilo renacentista por los Habsburgo de Austria. Otra vez, los austríacos no dejaron de ponerle nada al plato. Mármoles gigantes, ornamentos dorados, lámparas suntuosas, simil mármoles increíbles (no es lo mismo que mármol aunque sí una técnica muy refinada y cara), un espacio pensado para ser exclusivamente un museo que desde cualquier escala sea cómodo, funcional, enorme, y con escaleras de entrada blancas y anchas, que te llevan en su descanso a una escultura tamaño baño de un héroe griego matando a un centauro. Ésa es nomás la bienvenida. Nos tocó una guía de libro, con un inglés estilo australiano pero clarísima, sonrisa ocupándole todas las mejillas, inteligente, y que nos dedicó una hora y pico de su vida a agrandar la visión que podemos llegar a tener de ciertos momentos históricos a través de sus cuadros. Pasaban las salas e iban desfilando Rafael, Tisiano, Rubens, Velázquez, Rembrandt, Archimboldo -el chiflado de la narices de berenjenas-, y Caravaggio, el asesino de los claroscuros (no es metáfora, además de inventar la técnica barroca del claroscuro, parece que el tipo andaba por ahí enamorándose de muchachitos, además de asesinarlos). Entrar a la sala de Brueghel fue una alegría, hay en sus cuadros tantas cosas, tanta gente, tantas situaciones variadas con una simpleza aparente, que logran cambiar el ánimo de cualquiera y sacarlo a uno del mal humor en el que puede haber quedado luego del comentario desubicado de alguna norteamericana. En un momento la guía terminó, los invitados quisieron seguir por la ciudad su rumbo, así que una vez despedidos todos me fui de nuevo a la sala del asesino a contemplar cómo transformaba sus torturas personales en tremendas situaciones expresivas, dejando fuera de la luz algo que seguro estaba pasando, sugiriendo con sombras una dimensión nueva para aquella época, y nueva también para mí, que me dejaba invadir sin ninguna resistencia. Hay en ese museo -señal clara de una época- muchos cuadros en los que el espectador participa porque un personaje desde adentro de la situación lo está mirando, y ahí estaba invitada yo a seguir la fiesta de escenas barrocas y enquilombadas que en mi cuento terminarían siempre, por lo menos en la sala Caravaggio, con sangre y asesinatos. No soy de las personas que se emocionan tanto cuando ven un cuadro, algo dije en cuanto a cómo me sensibilizan más los puentes y las palabras, pero esto era bastante ineludible, el tajo de un cuchillo en el centro histórico de algo.
Ayer.
Por la noche me eximieron de ir a las cenas con los invitados. Estaba un poco saturada, de comida, de información, y también de cine, me había mandado tres películas en un día, medida más que suficiente para querer tomar sopita y a la cama. Antes de ver la tercera, estuve haciendo tiempo en el lobby del hotel, con un crítico austríaco y una periodista serbia, hablando de bueyes perdidos, de idiomas, de pasados personales y de las macanas históricas que cada cuál se había mandado. Lindas confesiones, el encuentro. La serbia tenía una cara bien redonda y serbia, pelo colorado, cortado bastante moderno, tez y ojos muy claros, y en algún momento habló serbio con su marido al teléfono, mientras que el austríaco Otto, un tipo muy simpático que aparece siempre por todos los costados, la miraba tranquilo y me buscaba cómplice diciéndome palabras sueltas en castellano. Apenas cualquier persona me pregunta de dónde soy y contesto Buenos Aires, todos, creo que casi sin excepciones, me miran gustosos y me cuentan cuándo y cómo la conocieron, o que les encantaría llegar a Buenos Aires. Todos "adoran" esa ciudad. Si ya estuvieron, porque estuvieron; si no estuvieron, pues porque van a estar. Hay como un hechizo que se ve mucho en los extranjeros de las milongas, pero en ese caso siempre lo entendí más bien por el embrujo que produce el tango. Como sea, pareciera que hemos construido un exquisito infierno local con proyección de mito internacional. Nos guste o no, hasta el Riachuelo, que emana pestes llenas de tristeza y del hermoso futuro que no fue, tiene al mismo tiempo ese olor a encanto perdido de atardecer amarillo y rosa, que detrás del puente de la Boca hace que veamos a Buenos Aires con ánimos de anhelo en serio, como el exacto lugar en el que querríamos vivir si estuviéramos viviendo en otro lado.
Ahora. Antes de salir.
Otro día gris, más gris todavía que cualquiera de los anteriores. Afuera llovizna, es tempranísimo y desde la ventana veo el aire algo turbio y esfumado. Todavía me duelen las cicatrices de una herida en los huesos, hecha hace tiempo en Buenos Aires, que me recuerda bastante el límite de las cosas, del cuerpo, y a la que le pongo plantillas para mantenerla apretada. Del resto tantas novedades no tengo, y miento acá puesto que se trata de un escrito público con proyección de ediciones en prensas locales y de provincia. En todo caso, sepan amigos que en este festival me estoy comportando de manera estrictamente profesional, como lo hice siempre en todos los festivales. Ya se hablará de más temas siempre y cuando haya facturas mediante.
Los dejo. Mando saludos para todos, y será hasta cuando sea.
Con mucho cariño,
Verushka

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