Vienna. Parte 7.

Del ánimo, para abajo.


El Danubio se pone verde cuando el cielo está gris. El canal que cruza la avenida es una gran masa de agua y las gotas cuando caen hacen círculos concéntricos, remarcando un estado de ánimo insistente, triste, tranquilo, tanto como su agua opaca. Primera vez llueve francamente, y hasta donde puedo ver desde mi ventana, la ciudad tiene cara de paraguas. Viena sigue siendo muy espaciosa, pero en días como éste se transforma en una ciudad ficticia, decorada. Ayer salí a caminar por primera vez sin rumbo fijo. Antes de salir de Buenos Aires agarré mi brújula, y cuando al vestirme la vi sola en la valija, me la metí en el bolsillo, terminé de colocarme la bufanda, el abrigo, y salí directamente, sin mapa, museo ni cine por destino; fui a perderme sola con mi norte particular por cualquier calle. En una iglesia gótica no muy grande, hay un cartel de propaganda de un concierto del Requiem de Mozart el primero de noviembre, a 25 euros. La plata no es un problema, pago eso y también más por ver en la ciudad de Mozart el canto a su propia muerte, lo que me encantaría es encontrar alguien que se prenda, poder compartirlo, alguno que ande por ahí -casi hasta me animaría, un vienés cualquiera- que lo emocione tanto como a mí ir a ver algo semejante. Si lo encuentro, les comento; si alguno de ustedes quiere venir, sólo avise, compramos el pasaje, reservo las entradas y vamos.


Prater.


Además de la melancolía, el cielo gris, y las brújulas, está el Prater. El Prater es un parque de diversiones. Si le sacáramos toda la gente que tiene adentro, que hoy a la mañana no era tanta, sería el habitáculo perfecto del imaginario que tenemos de todos los fantasmas. Un gato enorme medio siniestro abre la boca para dejar salir al carrito de su montaña rusa "Dizzy Mouse", algo así como -para la gente que está adentro- ser un ratón entre ratones escapando a alta velocidad de la mordida de cartón de semejante gato. De todos modos, esa situación no sería la que asusta. Lo que da escalofrío es ver ese gato en silencio, con el cielo denso arriba, sin ningún niño -ni ser humano- rodeándolo. A la imagen le faltaba el sonido melancólico y ausente que tienen las calesitas y con eso completábamos el cuadro. El parque tiene muchos juegos, está armado en colores pasteles, amarillos, rosas y celestes suaves. Es como una mini ciudad, muy anacrónica, y podría haber estado paseando por ahí durante un buen rato. Pero no. Fui al grano. Fui a la rueda de la Vuelta al Mundo, me subí junto con dos matrimonios de inidentificable origen, y una pareja de rumanas y lesbianas, que arriba de todo, de toda Viena, aprovecharon para darse un beso precioso, que si no hubiera sido un desubique total e imprudente interrumpirlas con mi cámara de turista idiotizada, lo habría registrado. Pero no, quieta, en el molde, en silencio, me quedé observando Viena desde arriba y el beso precioso de las rumanas. La vuelta se hace despacio, no es vertiginosa a lo Super 8 Volante, sino que es bien turística, contemplativa y calma. Pensé que no me emocionaría demasiado, pero por suerte me había equivocado. Quién sabe por qué, además de las alturas, me emocionan enormemente las estructuras de hierro, con tornillos enormes, y el aire, el vacío atrás, y la ciudad más abajo. Tengo algo de vértigo, siempre me agarra un escalofrío de hielo que me hace aferrar de la baranda más allá de un piso quinto, me da miedo que algo se desbarranque, que justo sea yo la que en ese momento tenga mala suerte y pase un duende que todo lo desencante. Como sea, ése no fue hoy el caso, no pasó ningún enano, y si bien me agarré de la manija cuando ya la altura estaba poniéndose larga, me resultó precioso poder ver todo desde arriba, agarrada a ese instrumento que es la rueda, otra vez sacando fotos, sobre todo de los hierros, y haciéndole un pequeñísimo homenaje recordatorio a una escena que no vi de "El tercer hombre", y que una de las primeras cosas que hago cuando llegue a Buenos Aires va a ser alquilarla.


Aunque no conteste individualmente, sepan que me alegro mucho cada vez que recibo alguna respuesta o comentario. A esta altura confirmar que me siguen en la ruta es uno de los mayores estímulos para seguir contando. Si pude traerme de viaje a alguno a Viena por un momento, ya me alegro. Me pone contenta poder dar algo de eso, aunque sea de tan lejos, aunque justamente si se da es porque estoy lejos. La Lejanía de las Cosas... ya sólo con eso tenemos teoría para rato.

Les mando un cariño enorme. Será hasta mientras tanto.
Verushka

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