Una experiencia temporal
En el archivo mental de mi infancia tengo guardada la imagen de Holanda
como la de un viejo molino de cuatro astas sobre el pasto verde, a orillas de
un rio tranquilo en un día soleado. Como imagen total de un país resulta naif y
muy reduccionista; pero hay algo en ella que –como en todo arquetipo- tiene su
razón de ser. Ayer, luego de un largo paseo, hice sinapsis y me acordé de aquel
molino.
Antes de referirme a él, tengo que decir -como si se tratara de un adulto que, en ese mismo paisaje, cuenta a tres niñas una historia lejana-: ”Había una vez...”.
La noche del 1º de febrero de 1953 una marea enorme, empujada por un viento
inusualmente fuerte, sobrepasó los viejos pero resistentes diques de Zelanda y
Holanda Meridional, e inundó completamente la costa suroeste del país. La gente
se despertaba mojada, a oscuras, incomunicada, y con la poca luz que había veía
–o fatalmente dejaba de ver- cómo el agua se llevaba sus casas, muebles, fotos,
hijos, perros, cabezas de ganado, y todo lo que puedan imaginar que es capaz de
arrastrar consigo cuando se pone brava. Aparte de los daños materiales, casi
dos mil vidas se perdieron en las aguas duras del invierno del mar del
Norte.
El vínculo que los holandeses tienen con el agua siempre fue fuerte. El
mito cuenta que Ámsterdam fue fundada por dos pescadores que paseaban por la
orillas del Río Amstel, que inexplicablemente se instalaron a vivir en esas
costas llenas de lodo y arcilla. Gran parte de la superficie de la ciudad, y
del país entero, está bajo el nivel del mar. En todas las épocas sus habitantes
se rompieron sus cocos holandeses pensando en cómo ganarle terreno al agua,
cómo construir sobre superficies móviles, cómo frenar la fuerza gigantesca del
mar cuando se inquieta, y –sobre todo- cómo sacar provecho de ese potencial enemigo
para convertirlo en aliado y fuente de ingresos. Se hicieron especialistas, se
ganaron la fama de ser los mejores ingenieros en el tema, y hoy venden su conocimiento
y técnicas con mucho éxito al resto del mundo. En cualquier época la lucha
contra el mar es brava. Los holandeses acumularon la experiencia y el conocimiento
de siglos, y -tercos, prácticos e inteligentes- perdieron algunas batallas,
pero ganaron la mayoría.
Ayer anduve por la zona en la que hace 59 años tuvo lugar esa terrible inundación,
todavía anclada en la memoria colectiva de los holandeses. Hoy hay tres diques
gigantes, impresionantes, que frenan el mar. En general uno supone que la
naturaleza hace bastante lo que quiere, y que tiene recursos mucho mayores que los
nuestros para determinar el destino de las cosas; pero al ver esos diques no pude
dejar de asombrarme. Allí estaban, hundiendo sus bases en el fondo del mar, con
montones de compuertas dispuestas a dejar pasar el agua sólo bajo el estricto
control humano, conteniendo sales, evitando inundaciones, permitiendo que
prosperen los cultivos y la vida al otro lado de sus muros.
Y allí, al ladito de los diques, tanto o más imponentes que ellos, se
alzaban suntuosos, casi mágicos, como enormes personajes de ficción, unos muy modernos
molinos de viento. Su tamaño no tiene relación con la escala humana; la distancia
que los separa entre sí es enorme, pero caminable. Me acerque a uno, quería
ponerme debajo para ver qué se siente. Me paralizó una especie de vértigo, me
excitaba y a la vez sentía claramente miedo. Escuchar el sonido del aire
cortado por las astas gigantes movidas por el viento, era escuchar el filo de un
cuchillo cortando lo invisible, palpable sólo en el silbido y en el movimiento.
Todo, en dimensiones quijotescas.
Tomé montones de fotos. Ya anocheciendo, mientras volvía para Ámsterdam, me
acordé de la imagen de aquel viejo molino holandés a la orilla de un río. Finalmente
los vi – pensé-, son mucho más fantásticos que todo lo que me contaron, o que alguna vez imaginé. Esta mezcla de memoria e imágenes del pasado, en este presente
tan parecido a lo que suponíamos que sería el futuro, hace que suenen simultáneamente campanas y acordes de muy diferentes tiempos.
Para cerrar el relato, y volviendo a ser el adulto que cuenta a esas tres niñas
una historia lejana, agrego que era un hermoso día de sol -algo inusual en el
invierno local- y a la vez hacía bastante frío: una temperatura agridulce y
perfecta para tamaña experiencia sobre las dimensiones y los ecos.
Uno de los diques; se distinguen las compuertas, y varios molinos detrás.
foto Daniel Patriasz http://www.danielpatriasz.nl
El dique y los molinos, más de cerca
Un día de sol totalmente inusual para el invierno.
Escalas. Los molinos, y ahí abajo, dos personitas.
Al atardecer, se puso impresionante.
La escalera, el mar, el sol, las personas, y atrás, los molinos.
Molinos de viento. Quedamos tan chiquitos...
foto Daniel Patriasz http://www.danielpatriasz.nl
--- Bonus Track ---
Ámsterdam
Las casas, torcidísimas, a simple vista;
producto del terreno móvil en que fueron construidas.
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"Las tres niñas que escuchan la historia lejana..."
(La marca fue fundada un alemán que se vino para el Río de la Plata,
nada que ver con los holandeses. Pero ahí están,
las tres holandecitas, otra imagen del archivo mental de la infancia)
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