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Do I know you from somewhere?

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“When is your screening?” dice uno desde el asiento de atrás de la Van que lleva al primer grupo al restaurante. “Tomorrow at 16.30 at the Metro”, “Oh, such a lovely cinema… but I don´t think I´ll make it, I have to be in another cinema at 17 for my own film”, “Maybe you can make it on Saturday, there´s the second screening there”, “I´ll try to make it”… La Van estaciona en el lugar que tienen reservado con exclusividad para el festival. Salen hablando, y mirando hacia adentro del local a ver quién está, quién llegó, y a quién dejaron en el camino. “Oh, I know this restaurant, I´ve been here last year”, aporta uno, abonado a la Viennale; “Such a lovely place”.   El mozo encargado abre la puerta. Lo ayudo a acomodar en la mesa a los primeros comensales. Con una mirada basta, el tipo conoce el palo, ya está marchando el primer plato. El resto va cayendo de a grupos, algunos en auto, otros caminando. Realizadores, críticos, actrices, productores y abonados al circuito fest...

La cena

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Kebap. Asiento de madera en Kärtnerstraße cerca del Ring. 10.36 de la noche. Una mujer sentada en el banco come una suerte de sandwich árabe envuelto en papel metalizado. Mira los negocios, llenos de ropa fina. Mira el local de H&M no muy lejos. Las boutiques con chocolates, con recuerdos de Viena. Esa mujer soy yo. Terminó mi trabajo del día en la Viennale.  Hoy no hay cena de festejo, cada cual queda librado a su propio estómago y presupuesto. Estamos en los últimos días del festival y una sensación de final se instala en todos los miembros del equipo del departamento de invitados. Estamos agotados. Servir a cada quién, con el mundo que cada quién trae puesto, es un gasto de energía constante. Si tengo un rato, me meto en un cine. Pero –no puedo evitarlo- me quedo dormida. No tengo espacio para más información. Retener todos los nombres, hablarle a cada quién en su idioma, es un esfuerzo de producción –por darle un nombre- importante. Haber hablado tanto pero casi n...

La fiesta

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Esta mañana me quedé mirando la nieve, el blanco en los techos del Distrito Primero, como hipnotizada. Fue tanto el trabajo desde que llegué, que antes de ponerme en funciones no tuve ese tiempo necesario para salir del jet-lag y del enorme cansancio que deja un viaje en avión tan largo. Es que la Viennale es –como todos los festivales- una máquina que una vez que empieza no para. Siendo mi cuarto año acá, ya estoy trabajando a la par de cualquiera en el departamento de invitados. El primer año era una especie de exótica miembra del staff, incomprensiblemente llegada de Buenos Aires para trabajar en Viena, a quien se le pedía realmente pocas cosas: entre que hablaba poco alemán y tenía carta libre para conocer la ciudad porque era mi primera vez, mi trabajo más o menos consistía en “eating with the guests” and “going with them to the museums”, como me cargaba Marius, uno de anteojos que trabaja siempre aquí. Pero con el correr de las ediciones fui aprendiendo el funcionamiento del ...

La aduana

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La conchuda me miró con ojos grises y gastados, ojos de empleada administrativa que aún goza con placer y cierta furia del poder que le otorga su puesto. No era el mejor momento para enfrentarla. Había salido veinte horas antes de Buenos Aires y todavía me faltaba un trecho de cinco para llegar a destino. Estaba cansadísima. Por primera vez hice un viaje a Europa saliendo de Aeroparque, lo que generó un pequeño inconveniente: pensé que habría un puesto de Havanna antes de hacer el check-in. Pero no, recién podría comprarlos en el free shop, una vez despachada la valija, y tendría que cargarlos conmigo todo el viaje. Lo único bueno de comprarlos ahí fue que al lado del montón de cajas de alfajores había un Chimbote –solo uno- que parecía iluminado. Me vino genial: quería llevarle algo lindo a Therese, la mujer que me hospeda en Viena, y me pareció el regalo perfecto: dulce, autóctono, medio kilo para ella sola. Como estaba en frasco de vidrio, de paso confirmé lo que siempre sospeché de...

Mar del Plata. Madame Isabella en Bovary.

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Querida Manuelita, cómo estás.   Te escribo ya de vuelta de mi viaje por Europa. ¿Y sabes desde dónde lo hago? Seguro no podrás imaginar… ¡desde La feliz, querida amiga, la ciudad más alegre entre todas! Estoy tan entusiasmada... este lugar es precioso. Noviembre es un buen mes, el clima empieza a hacerse amigo, y hasta es posible ir a la playa y lucir el traje de baño… Ayer, sin ir más lejos, me di un chapuzón en nuestros mares argentinos. ¡Qué anchas son sus costas! Dicen que en el verano el éxito de esta ciudad es tal, que no cabe ni un alfiler. Algo así resulta difícil de imaginar, no sé si dar crédito a tantas habladurías, a veces me pregunto si los periódicos no exageran un poco.          Tuve suerte. Mi llegada coincidió con el cierre de uno de los eventos festivos más importantes que año a año tiene lugar aquí, y que ha mantenido alborotada a la ciudad durante una larga semana. Hasta hace un par de días Mar del Plata no sólo miraba al mar,...

Útima carta de Viena. La mirada de Loretta.

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Manuela mía, el viaje está llegando a su fin.             Después de varios días de reposo, Herr Schmidtt finalmente se recuperó. Estoy segura que volverá a las andadas, organizando encuentros y tertulias de las que, con suerte, alguno de sus participantes se acordará al día siguiente. Luego de mi contacto con el ambiente artístico, me atrevo a pensar que la creatividad tiene siempre un precio, y que el talento se paga muchas veces con caras cuotas en el ánimo de quienes lo poseen.               Me he enterado que Loretta, dotada como está para la musicalidad y la escena, camina vagando por las noches en los oscuros barrios de Viena, solitaria, quizás descuidada... Negándome a creerlo (¿cómo puede una artista de su talla llevar una doble vida semejante?) sentí el deseo de saber si era realmente cierto. Aproveché una noche en la que Schmidtt no estaba en su casa, me puse mi abrigo y salí a buscarla. Llegué...

La casa del distrito noveno

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Querida Manuelita, cómo estás.        Te escribo todavía desde Viena. Acabo de volver a lo de Herr Schmidtt caminando por el Stadtpark, un precioso parque en el distrito primero. Mientras venía observaba el lago que, como un espejo, refleja las copas de los árboles. Sus hojas muertas caían a mi paso, entre amarillas y rojas, y el suelo parecía estar cubierto con una alfombra dorada. El otoño le cambia el aspecto a Viena todos los días, como un pintor caprichoso agrega y quita colores diariamente en un gastado lienzo.     Querida amiga, ¿sabes de dónde estoy volviendo? Tal vez escribirlo y ponerlo en palabras alivie mis turbios pensamientos… Luego de los festejos durante el concierto de Loretta, Herr Schmidtt continuó durmiendo tres días seguidos, no hubo manera de despertarlo. Tanto fue así que su situación comenzó a preocuparme, y acudí en busca de ayuda. Me habían hablado de cierto doctor que vivió hace un tiempo aquí, en Viena, ...