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Mostrando las entradas etiquetadas como 50. Isabella

Carta de Isabella encontrada ayer en las escaleras de Montmartre, en París

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Querida Manuelita. Te escribo desde París. Qué ciudad, amiga mía. Hoy por la mañana estuve en La Place de la Concorde. La arquitectura de las calles respeta las líneas al punto que sus avenidas podrían servir de reglas para ejercicios geométricos. Desde la plaza, redonda como trazada por un compás, se puede ver a lo lejos, con total claridad, la Torre Eiffel. Si se gira el cuerpo 45º, aparecen Les Champs Elysees, y detrás, perfectamente centrado, el Arco de Triunfo. Dando la espalda en la misma línea, comienzan los Les jardins des tuileries, con el imponente Museo Louvre como telón de fondo. Ese gran recorrido que va desde el Arco hasta el Louvre (unos tres kilómetros aproximadamente, cuya mitad está precisamente en La place de la  Concorde) fue especialmente diseñado para la entrada triunfal de Napoleón Bonaparte –ese enano inteligente, engreído y conquistador- cuando volvía victorioso de la guerra. El obelisco que se alza allí, es uno de sus souvenirs traídos de Egipto...

Carta de Isabella encontrada ayer en un pasillo del Coliseo, en Roma

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Querida Manuelita, cómo estás. Después de un año de silencio, vuelvo a escribirte. Espero que te encuentres muy bien y que en Buenos Aires las cosas estén mejor que cuando las dejé.  Amiga, Roma es no creer. Ayer me propuse visitar el Coliseo, uno de los mayores monumentos de esta ciudad, que es en sí misma un museo viviente. Lo sabes, siempre fui muy curiosa respecto a la antigüedad y a la vida de aquel entonces, así que bajo un cielo azul y despejado, me dispuse a ir hacia el estadio. Ya de lejos, el edificio se deja ver en toda su magnificencia y esplendor. Sus dimensiones son sobrehumanas, y mientras me acercaba me sentía cada vez más pequeña. Estaba lleno de visitantes de todas las naciones, una verdadera Babilonia. Compré mi ticket y me dejé llevar por el excéntrico guía de turno, un viejo local con mirada penetrante y barba cana, vestido con túnica clara, que con una varilla en la mano nos señalaba las diferentes instalaciones del estadio. El guía, gran conocedo...

Mar del Plata. Madame Isabella en Bovary.

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Querida Manuelita, cómo estás.   Te escribo ya de vuelta de mi viaje por Europa. ¿Y sabes desde dónde lo hago? Seguro no podrás imaginar… ¡desde La feliz, querida amiga, la ciudad más alegre entre todas! Estoy tan entusiasmada... este lugar es precioso. Noviembre es un buen mes, el clima empieza a hacerse amigo, y hasta es posible ir a la playa y lucir el traje de baño… Ayer, sin ir más lejos, me di un chapuzón en nuestros mares argentinos. ¡Qué anchas son sus costas! Dicen que en el verano el éxito de esta ciudad es tal, que no cabe ni un alfiler. Algo así resulta difícil de imaginar, no sé si dar crédito a tantas habladurías, a veces me pregunto si los periódicos no exageran un poco.          Tuve suerte. Mi llegada coincidió con el cierre de uno de los eventos festivos más importantes que año a año tiene lugar aquí, y que ha mantenido alborotada a la ciudad durante una larga semana. Hasta hace un par de días Mar del Plata no sólo miraba al mar,...

Útima carta de Viena. La mirada de Loretta.

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Manuela mía, el viaje está llegando a su fin.             Después de varios días de reposo, Herr Schmidtt finalmente se recuperó. Estoy segura que volverá a las andadas, organizando encuentros y tertulias de las que, con suerte, alguno de sus participantes se acordará al día siguiente. Luego de mi contacto con el ambiente artístico, me atrevo a pensar que la creatividad tiene siempre un precio, y que el talento se paga muchas veces con caras cuotas en el ánimo de quienes lo poseen.               Me he enterado que Loretta, dotada como está para la musicalidad y la escena, camina vagando por las noches en los oscuros barrios de Viena, solitaria, quizás descuidada... Negándome a creerlo (¿cómo puede una artista de su talla llevar una doble vida semejante?) sentí el deseo de saber si era realmente cierto. Aproveché una noche en la que Schmidtt no estaba en su casa, me puse mi abrigo y salí a buscarla. Llegué...