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Su lugar en el mundo

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Su lugar en el mundo. Dentro del agua. Así lo empecé a conocer más a fondo hace siete años, y así lo encuentro siete años después: leyendo un libro en la pileta. Él es mucho más acuático que yo, más caluroso. Supongo que porque tiene más cuerpo, más masa corporal y sufre el calor terriblemente. Por supuesto, esto incluye una enorme diferencia: la tolerancia al aire acondicionado. Muchas veces ni se llama tolerancia sino simple deseo de prenderlo, aire acondicionado per-se. A veces, me parece a mí, prenderlo aunque no haga tanto calor. Con ese asunto caemos en el vaivén típico, que sí, que no, que discusión y, con algo de mala suerte, pelea: por favor no lo prendas, me hace mal a la garganta, la necesito para cantar; pero me muero de calor, así no puedo estar, así no " se"  puede estar, no entiendo cómo tolerás esta temperatura... y así . Pero no me quiero meter en estos pocos renglones a discutir de nuevo con quién creo que es. Ahora prefiero mirarlo leer en el agua, su un...

La onda a lo imposible

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Ayer, día de locos. Tenía planeada una pausa visitando a una amiga que tuvo un bebé. La idea de ver a un bebito (a mí que no soy mamá, info importante) me hacía la ilusión, abstraerme de lo mundano, pa-pa ma-ma puchi-chuchi y la cara casi transparente de esas criaturitas de dios que dejan que uno hable pavadas mirándolos a los ojos, algo fácil y tentador para roles de tía como el mío. Whatsapp: "amiga, me surgió un casting para publi a esa hora, venís a casa un rato luego vamos juntas, charlamos mientras esperamos". Es de las criteriosas, no iba a ir al casting con su hijo, pero iba a ir igual. "Paso corazón, por mi salud mental decidí no visitar más por un tiempo esos espacios, nos vemos la prox". Al rato estaba con ella, mah sí dije, hace mucho que no la veo, ni a ella ni a su hijo y sino se atrasan los encuentros hasta desaparecer en las buenas intenciones, la vida te lleva puesto y no nos vemos más. Me convenció y fuimos juntas. Y obvio, mismo pe...

Probar para llegar a algún lado. (Sobre "Prueba y error", dirigida por J.P.Gómez)

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... y seguí yendo al teatro, tenía unas ganas enormes de encontrar algo sobre lo que escribir. La pieza se estaba haciendo desear, "no me vas a encontrar tan fácil" susurraba caprichosa. Hasta que un jueves caí en Timbre 4. Al otro día volví al almohadón de siempre. Lo encontré mullido, gordito, un poco solo: me estaba esperando hacía rato, como el más fiel. Salió esto. PRUEBA Y ERROR En un anticipo de lo que vendrá, Prueba y error adelanta con su título la experiencia de la que el espectador habrá de ser testigo en la próxima hora y media. Prueba y error en los vínculos, prueba y error en la puesta, prueba y error en las decisiones que toman los personajes, prueba y error en los modos que encuentran los actores para hacerse cargo de sus actos, y así. Pero empecemos por partes y acerquémonos desde lo anecdótico: lo primero para decir es que en Prueba y error no hay mensajes, verdades o soluciones para a los problemas que se plantean. Hay un cuadro fami...

Terrenal. Pequeño misterio ácrata. Abel, Caín, Tatita y el calefón.

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Se ha escrito muchísimo sobre Terrenal . En lo personal, la vi algo tarde respecto a su estreno, y apenas salí del Teatro del pueblo, excitada con la experiencia de haber estado ahí nomás del Tigris durante esos 90 minutos, empecé a recordar, a repensar la obra. Salir a Diagonal Norte y ya tenía ganas de hablar de ella, masticarla, desmenuzarla para ir recorriendo de a poco esa inmensa cantidad de material que Kartún compiló y amontonó tan magistralmente. Como, entre otras actividades, trabajo de escribir reseñas y críticas, propuse a las tres revistas para las cuales colaboro hacer una nota (“aunque ya se haya dicho mucho, vale la pena seguir hablando, tiene miles de capas”). Pero en todas, sin excepción y con algo de sentido común, me dijeron que ya se había escrito bastante, y que con tanta obra dando vueltas mejor cubrir otras cosas. En un punto, es cierto… pero yo seguí ronroneando Terrenal . Así que sí, escribo, no importa si no la publican, si no la leen, si ...

La batalla del 152

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(Publicado en  Revista Llegás , julio 2014)  “Sale con fritas, mandalo como sea… “ le escuché decir al tipo que tenía parado casi sobre mi asiento, mientras me pedía permiso con gestos para sentarse en el que había quedado libre al lado de la ventanilla. Corrí mis piernas hacia el pasillo para permitirle el paso. El tipo estaba algo excedido de peso, y tenía un maletín, un tapado colgando en el antebrazo y un par de bolsas en la mano, así que el pasaje fue medio aparatoso. Pero no tenía sentido que me corriera de lugar, en cinco minutos me iba a bajar y ya me estaba preparando para librar La batalla del 152, nombre con el que la había bautizado hace un par de años. El señor se sentó y desplegó su oficina móvil: abrió el maletín, empezó a sacar papeles, seguía hablando por teléfono. Insistía “mandala querido, haceme caso”. Del otro lado parecían resistirse a la idea. Pero él no se daba por vencido. Me pregunté qué habría para mandar, aunque sabía perfectament...

Balvanera

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 (Publicado en Revista Llegás , mayo 2014) Como me encanta clavarme dos de muzza de dorapa antes de volver a casa”, pensé –algo exenta de elegancia, me di cuenta- mientras me limpiaba la boca con una servilleta de papel los restos de la segunda porción. Eran las diez y media de la noche de un día larguísimo. Ya subir las escaleras del subte y caminar esas cuadras por Callao había resultado un acto de fe enorme. Suponía que ni bien abriera la puerta del departamento tiraría bolso y abrigo en el camino que va del hall al dormitorio, y así nomás, sin solución de continuidad, me encontraría enredada entre la colcha y la almohada, de las que la vida me había arrancado sin piedad más temprano que de costumbre. El día había sido fatal. Las ojeras me llegaban hasta las rodillas, y el look desastre de fin de jornada poco tenía que ver con la versión cool a la no-me-importa-nada del que pasea desprolijo por Palermo. Mah qué Palermo… Estaba caminando por la frontera que divide Ba...

Boston

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Sabía que quedaba más o menos cerca de Nueva York, pero nada más. Boston, la pequeña, la ilustrada. La de las grandes universidades y hospitales. Boston la nevada, la fría, la blanca. Su gente la presenta como a un amigo o un pariente de quién están orgullosos; como un vestido extraordinario, el que mejor les queda, el que usan para las fiestas. Como si vivieran en permanente gala. Desde el auto –cuando nos fueron a buscar al aeropuerto- nos señalaban aquel hospital, el más avanzado de todo el país; o aquella universidad, la más prestigiosa del mundo; o esa otra casa, en la que un día de julio de 1776 desde un balcón se leyó al pueblo de Estados Unidos la declaración de la independencia. Llegamos este febrero. Helado como pocos, la ciudad misma no recordaba tanto frío. Estaba toda blanca. Cincuenta centímetros de nieve sobre el piso. Montañas de crunchi crunchi para pisar, para sentir debajo de la bota, para encandilarse con la luminosidad, para hacer  una bola tan grande como ...