Querernos así



1º de enero. Arranca el año y viene a mi memoria una voz rodeada de sombrillas amarillas y blancas gritando a un micrófono de cable más largo que la Perla misma y con muchas erres "¡Arrrancó la temporada!". Mi memoria está llena de esos recuerdos enmarcados en un televisor Philco - rojo, regordete y ya a colores -, de cuando Mateyco o Badía trasmitían el "comienzo de temporada" desde La Feliz. También recuerdo la expresión escrita en los titulares de los diarios, cuando lo que pasó ayer se leía inevitablemente en papel y yo caminaba por la San Martín con mi familia. En ese entonces familia era otra cosa y la niñez un presente continuo que prometía no acabar nunca. La promesa de ser adulto, ese futuro posible, siempre era en futuro. La vida estaba asegurada en el marco estable de la infancia, creía que las cosas estaban dadas y que iban a ser siempre así.

Arranca la temporada pero la vida comenzó hace rato, vuelvo a pensar siendo esa adulta que imaginé ser, pero que nunca supuse alcanzaría. Y en vez de en La Feliz, transcurro mis vacaciones en Buenos Aires. Declarar "vacaciones" a un tiempo intermedio instalados en un barrio al lado del propio tiene un olor a descanso real y vagancia que aplica al título con el que llegamos. Son vacaciones de verdad, llenas de pasto, agua y sol, en una hermosa casa con parrilla. Hoy lucimos nuestras mallas y tenemos a la nueva protagonista de nuestro verano: la pileta.

De repente, ella se torna la reina y tema central de nuestras conversaciones. Ahora hablamos de filtros, cloros, bombas externas y aspiradoras subacuáticas. Estamos atentos a cada soplo de viento, a las amenazas de lluvia, a cada insecto semiahogado al que hay que salvar de una muerte próxima, o - mejor - salvar a la pileta del insecto hijueputa que vino a morir allí. Lo nuestro ya no es el colador común, eso es juego de niños naïve y simpático; nosotros estamos ya en escala Motor Externo, Caños de Succión Fina y Limpiador Profesional Nocturno que deja todo perfecto, preparado para ser volado de allí la mañana siguiente. Este verano la pileta es nuestro organigrama, nuestro envase contenedor, nuestro espacio. Como si fuera un zapato al que sacarle lustre, le pasamos pomada todos los días, la miramos con lupa, con atención, con cuidado, casi con amor. Así de linda está. Así de locos estamos. Así de locos, y no de otra forma. Otra manera estar locos, o de ser adultos, ya no es posible. Lo asumimos, elegimos no combatirlo, nos sentimos satisfechos con los resultados. Así que nos miramos a los ojos, algo resignados aunque también más sabios y expertos - más adultos diría esa niña en la San Martín de Feliz -, le pasamos por millonésima vez el filtro a la pileta, nos tiramos en ella, y chapuceando como dos nenes nos sentimos felices de estar adentro y de querernos así. 







Comentarios

  1. Las piletas de los adultos son las calesitas de los niños, y al mismo tiempo, las calesitas de los adultos son las piletas de los niños. Eso sí: la alegría completa es ver muchas películas.

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