La batalla del 152



(Publicado en Revista Llegás, julio 2014) 

“Sale con fritas, mandalo como sea… “ le escuché decir al tipo que tenía parado casi sobre mi asiento, mientras me pedía permiso con gestos para sentarse en el que había quedado libre al lado de la ventanilla. Corrí mis piernas hacia el pasillo para permitirle el paso. El tipo estaba algo excedido de peso, y tenía un maletín, un tapado colgando en el antebrazo y un par de bolsas en la mano, así que el pasaje fue medio aparatoso. Pero no tenía sentido que me corriera de lugar, en cinco minutos me iba a bajar y ya me estaba preparando para librar La batalla del 152, nombre con el que la había bautizado hace un par de años.

El señor se sentó y desplegó su oficina móvil: abrió el maletín, empezó a sacar papeles, seguía hablando por teléfono. Insistía “mandala querido, haceme caso”. Del otro lado parecían resistirse a la idea. Pero él no se daba por vencido. Me pregunté qué habría para mandar, aunque sabía perfectamente que no era mi asunto, pero a veces, sin demasiado para hacer en el viaje de vuelta, me da por esas chiquilinadas.

Una chica de unos treinta y pico subió en la parada siguiente. La duda fatal de persona sentada se hizo carne: ¿gordita o embarazada? Indescifrable. No quería hacerme la sota, pero tampoco ofender a nadie. Comencé a mirarla con un gesto amable a ver si capturaba el mensaje. Suponía que si se daba por aludida, entendería. Se limitó a devolverme la mirada. Su neutralidad aumentó la duda. Le sonreí, como para amenizar el vínculo, pero nada. La culpa pudo más y por las dudas me paré. Desde mitad del pasillo una vieja -no tan vieja- se tiró de cabeza en el asiento. Alpiste y el que se fue Sevilla, dos refranes juntos en tan pequeño y miserable acto.

Faltaban tres paradas para destino, pero por la humedad del ambiente era mejor apropicuarme hacia la puerta de atrás. Comencé con perfil “simpático”, que por default es con el que arranco en colectivo lleno: delicados empujones acompañados de un “permiso” amable y de rigor.  La densidad humana era grande, rápidamente cambié a “neutro” y al toque nomás programé el “violento leve” porque si no, no llegaba. Recién ahí me di cuenta bien dónde estaba. Sucede así a veces, en el bondi como en la vida: uno percibe que está en plena batalla cuando hace rato que se encuentra adentro. Faltaban nada más que dos paradas. Mientras me alejaba del asiento escuchaba cada vez más clara la voz del tipo diciendo “mandala por favor, si no se pudre todo”: me perseguía al mismo volumen, como si me acompañara en la cruzada. Del otro lado del tubo seguían sin entender. En fin…

El colectivo frenó en un semáforo y en el silencio del motor se escucharon unos acordes tímidos, lejanos. ¿Qué se cocinaba en la vanguardia del 152? Desde mi posición no veía absolutamente nada. Como si estuviera esperando el verde, apenas cambió la luz una zamba de mi esperanza furiosa le puso ritmo a la vuelta a casa. El cantautor –un tornado santiagueño- no sé cómo encontró el lugar para rasgar la guitarra, no cabía ni un alfiler, pero el tipo estaba lanzado, dispuesto a hacerse un lugar en esta sociedad y lo logró haciendo que lo escuchara aún el pibe de 16 años con dieciocho piercings que estrenaba su modelo de auriculares Sony. Ganó también el aplauso de una pareja de jubilados sentados por adelante, que comenzaron a vivarlo en medio del tema. Miré a Piercing: por mucha fiebre fanática que el cantautor despertara, no daba ni ahí para arrancar en ese momento con los aplausos. Piercing coincidía. “¡Viva! ¡Bravo!”, se escuchaban tanto o más fuerte que la guitarra. Envalentonado, el artista duplicó la apuesta y le puso énfasis al estribillo final. El tipo del teléfono – a quién con el barullo le resultaba algo difícil hacerse escuchar- subía también su vozarrón: “mandala, imbécil, sos un gil, mandala, ¡apretá send!”. La cosa se estaba poniendo fulera en todos los frentes, sentí que podía largarse a llover dentro del bondi. Faltaba sólo una parada. Momento de tocar el timbre.

A los codazos llegué hasta la puerta, ya estaba en la retaguardia, en la salida de este infiernillo sonoro y caldeado. El colectivo frenó, la canción llegó a su fin, los aplausos se callaron, y el del teléfono dijo “Qué grande querido, lo mandaste… ¿viste que no era tan difícil?”. Todo termina. Bajé los tres escalones y pisé tierra. Me sentí un pescador que alcanza la otra orilla. Por fin, después de un largo viaje, llegué una vez más a casa.


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