Der Herbst

Esta vuelta pasó algo fuera de lo común. En las bitácoras de años anteriores nunca dejé de mencionar -central o periféricamente- al otoño. Invariablemente miro como hipnotizada los dorados, los verdes, los rojos y amarillos, el marrón de las hojas muertas que caen todos los días de los árboles del Stadpark. También el cielo gris y la lluvia, siempre al borde de las nubes.Todo esto tiñe mi mirada y la experiencia con la que atravieso cada año la ciudad. Es una atmósfera romántica, en un punto una postal, un clishé un poco fácil. Pero a la vez ése lugar común fue el que me llevó a escribir las cartas que envío desde hace cinco años desde acá. Me acuerdo que la primera vez quería conservar todo lo que estaba viviendo, el contorno me parecía demasiado bello, y sentía que apenas me fuera el recuerdo se me iba a escapar como el agua en la corriente. Suponía que la memoria iba a guardar todo en un cajón, como a una postal lisa y chata con una imagen congelada y feliz, y yo iba a seguir adelante con mi vida en Buenos Aires. Y que cuando alguien me preguntara sobre Viena, iba a decir, ah, sí, un lugar con hojas muertas que vuelan por el aire muy bonito, y que después no iba a recordar vivamente mucho más.

Las palabras -hermosas, siempre de servicio para lo que las necesitemos- fueron una forma de mantener vivos estos viajes, y cada vez que por algún motivo alguien -yo u otro- las lee, siento que tienen la llave que permite poner la postal en movimiento.  No es "estar ahí", está claro, pero sí un "como si" que en algún punto calienta.

En contraste con otras veces, esta vuelta pasó algo insólito. Llegué, y el verano no se había ido. Por primera vez vi el cielo abierto y el sol, vi mucha más gente andando por la calle, vi sus remeras -sólo conocía sus abrigos-, vi muchas más bicicletas andando por la calle, y sobre todo vi y sentí una enorme diferencia en el ánimo que atraviesa la ciudad.

Los vieneses con los que hablé están bastante contentos con el verano que el desastre climático les ofreció este año, pero a la vez, bajo una forma de melancolía muy local, ya están sufriendo porque que en cualquier momento se les acaban el sol y los días felices. Saben que cuando el otoño se instala, ellos se resguardan, se pseudodeprimen durante cuatro meses, se lo toman como una hibernación urbana y colectiva.

Yo sé todo esto. En un punto en Buenos Aires me pasa lo mismo, llega la primavera y los primeros días estoy un poco más contenta, así, porque sí. Pero yo a Viena entré por el otro lado, por un costado más llorón y sombrío, y aunque en no me gusta el frío, adoro venir en esta época.

Recién ayer fue un día gris, casi lluvioso, mucho más fresco que los anteriores. Las calles se vaciaron, los vieneses refunfuñaron, y la única que parecía contenta por andar pisando las hojas húmedas del Stadpark era yo. Tal vez sea la ventaja de vivir la ciudad con la distancia intermedia que me otorga ser extranjera pero no terminar de ser turista. No sé... creo que ayer me la reencontré como se reencuentra a un amante esporádico a quién se conoce bastante pero al que se lo ve muy de vez en cuando, una vez por año pongamos. Y es que sí, tuvo algo de eso: recién ayer anduve paseando por mi querida Viena otoñal.


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