Un rato con el programa de mano de "Un rato con él".



Más allá de toda reflexión que pueda producirme el haber asistido a una función de "Un rato con él", la obra de teatro dirigida por Daniel Barone y protagonizada por Julio Chávez y Adrián Suar, expresión clara del mejor bienintencionado teatro comercial; más allá de su realismo de living room, de su lenguaje que no levanta ni centímetro de su uso cotidiano y le habla específicamente a un público con el objetivo claro (e inobjetable) de que el espectador se identifique; más allá de reconocer que -pese a mi poca afinidad con ese lenguaje- Chavez sabe hacer circular una corriente emotiva ineludible en un auditorio tan grande y llenísimo como el Teatro Nacional con una habilidad y talento impresionantes, y muchas, muchas otras cuestiones más en las que me quedo pensando al salir de allí, me detengo en un detalle. A veces (no sé si éste es el caso) los detalles hablan de la totalidad. Y por totalidad no me refiero a la obra escrita y sus decisiones de puesta en escena, sino al sistema de producción, a lo que compone el hecho completo de “ir a ver una obra de teatro".

A la salida me detengo en el programa. No hace falta leer ni dos párrafos para darse cuenta que allí ni siquiera se ha contratado a un editor que unifique criterios de texto, que escriba el nombre de una misma productora siempre igual, que haga que el material tenga (ya no contenidos, sería tal vez mucho pedir, sino) coherencia interna, sea en las palabras del director como en las biografías de las “estrellas” y de los satélites de la Calle Corrientes. No. Nada de eso. Casi un copy-paste de un mail que pudo haberse llamado "mandame tu CV", uno que pidieron de prensa y/o producción, con alguien que lo adaptó alla mas-o-menos... y listo, say no more. Lo que viste de la obra, si te gustó bien, sino también; pero lo que leíste mejor no lo leas de nuevo, no importa mucho.


Me pregunto: ¿lo que se dice sobre la obra, cómo se lo dice, la información que se da al Gran Público sobre lo que van a ver, a nadie le importa nada de nada? Es evidente que hay una puesta en escena cuidada, está claro que lo que se ve arriba del escenario sí importa: que exista el verosímil, que nada de lo técnico falle, que –a su manera- sea bella la escenografía, que el efecto de luz parezca un trueno de verdad, etc... allí hay -para ser precisos con la palabra- cuidado. Se puede o no adherir en gusto o afinidad, nada de eso es cuestionable. Pero no poner el menor cuidado en los contenidos de un programa que presenta un material con un piso como ése, hace pensar en el sistema de producción entero, en quién hace qué, y en cuánto importa lo que se reciba como totalidad de la experiencia.


Hay dos autores, hay cinco (alguno que otro muy bueno, y uno extraordinario) actores, hay un productor con sobrada experiencia, hay escenografía muy bien construida y funcional, hay una iluminación indudablemente profesional... pero no hay nadie que se encargue con seriedad de las palabras que reciben las más de dos salas llenas que tienen cada sábado y ni resto de los días que hacen función. ¿No se está escapando algo por algún lado? Con esto no estoy extrañando las magras postales que recibimos y leemos cuando nos sentamos en las "butacas" de plástico de los teatros independientes; pero sí me pregunto en qué pasa y qué se hace cuando sí hay recursos, cuando no es plata lo que falta. Evidentemente, en principio, falta un alguien que piense que es necesario contratar a un profesional para hacer un buen programa en el que se diga… algo, no sé, un pensamiento, una reflexión, un párrafo con contenido, algo que aporte a la lectura y que motive más a ver la obra; algo dicho en palabras, oh, las bellas y olvidadas palabras que junto con su buen uso y sintáxis también hacen al teatro y tanto nos contienen a la hora de dar cauce a cualquier expresión verbal y artística. 

No. 
No importa, supongo, total auspicia Personal, y mejor que eso sí se vea y salga bien impreso. Si no, algo andaría realmente mal…



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